Los tocados imperaban ya en
Mesopotamia y Egipto como complementos al vestuario específico de las ceremonias rituales. Se han encontrado en distintos sepulcros adornos diversos para el cabello, que determinan el tipo de recogidos de la época. Las diademas eran un adorno generalizado, usado indistintamente por hombres y mujeres de las clases altas: faraones, sacerdotes y nobles las lucían sobre sus cabellos o sobre pelucas.
De hecho,
la diadema más antigua de la que se tiene referencia, pertenecía a una princesa cuya tumba se halló en Abydos, y está datada del
año 3200 antes de Cristo.
Las piezas de orfebrería para el cabello del
Antiguo Egipto solían estar elaboradas en metales nobles y adornadas con piedras preciosas. Tradición que ha perdurado en las tiaras y coronas de la realeza hasta la actualidad.
Entre las
clases más humildes también los complementos para tocados han pervivido con el paso de los milenios, aunque por supuesto las técnicas han evolucionado. Las cintas, más o menos decoradas, teñidas, o con adornos cosidos se han usado repetidamente. Igual ha sucedido con las plumas y los adornos florales, antes perecederos y tejidos a modo de guirnalda, como aún sucede en algunas culturas y sociedades; aunque actualmente, la mayoría de ellos se elaboran artificialmente con papel, tela o plástico, para prolongar su durabilidad.
Anillos, terracota o barro pintado son, sin embargo, materiales que estaban cayendo en desuso, pero que muchos estilistas de vanguardia están recuperando y volviendo a incorporar en sus trabajos.
Los
pasadores también han sido muy populares a lo largo de los siglos y aún hoy. Fundamentalmente han sujetado trenzas, pequeños moños y coletas simples, y han sido de materiales tan variopintos como cordel, hueso, marfil, nácar, concha, madera, metales diversos o coral.
 | |
^ Jamie Carroll
| |
Formas y técnicasLas formas y las técnicas sí han tenido una gran evolución con el paso de los años; de los altísimos y rectos tocados egipcios que solían aguantarse gracias a altas tiaras, hasta las originales creaciones actuales, se han atravesado estilos muy diversos.
En la
Antigüedad Clásica (Grecia y Roma), para las clases altas peinarse era una ceremonia en la que ya participaban especialistas del cabello, entonces llamados “tonsores”, que se encargaban de colocar postizos y complementos para conseguir los looks más de moda. El cabello solía recogerse sobre la cabeza especialmente mediante cintas, pañuelos y diademas, formando bucles, tirabuzones y trenzas.
Del mismo periodo se data la hasta ahora considerada obra cumbre del Arte Ibérico, la
Dama de Elche, cuya larga cabellera endrina se aprecia recogida con hilos de plata en dos gruesas trenzas recogidas en sendos rodetes de oro. La humildad del periodo medieval se ve también reflejada en los recogidos de las mujeres, que incluso en las clases más altas aparecen representados en simples trenzas y sencillos moños, que sólo las damas de la corte se permitían adornar con cuentas.
Con la llegada del
Renacimiento y todo el retorno a lo mejor del periodo antiguo volvieron los recogidos elaborados y los tocados más elegantes. Una ligera mejora de la higiene permitía un cabello más largo que se trabajaba recogiéndolo mediante elaborados bucles, trenzas enlazadas con cintas y pequeños sombreros o tiaras. La opulencia y la exageración del barroco y el rococó aumentó exageradamente el tamaño, la complejidad y la altura de los peinados, elaborados normalmente a base de postizos.
Al Barroco pertenece también la anécdota que relata a modo de leyenda el origen de la cola de caballo. Cuentan que una de las amantes de Luis XIV, perdió su sombrero durante una cacería, y que para evitar que sus bucles le molestaran al cabalgar, los anudó con una liga detrás de su nuca, en lo que para siempre sería a partir de entonces una “cola de caballo”.
Por primera y, de momento, única vez en la historia, en este periodo la elegancia en la moda cabello imponía el color blanco, que hoy tímidamente vuelve a proponerse, y para conseguirlo, estas espectaculares pelucas solían empolvarse con talco o harina de trigo. Los hombres, por su parte, solían recoger su cabello, también blanco, en una coleta baja sujeta por un gran lazo, que se escondía dentro de una especie de bolsa llamada sapo o también dentro de una rejilla.
Estos fantásticos recogidos de las mujeres, llegaron a su máximo esplendor en
Francia durante el reinado de Luis XVI, cuando se complementaban con extravagancias como frutas de variados colores. Es sabido que María Antonieta, llegó a colocar en su peinado una jaula con un pájaro en su interior.
Con la
Revolución Francesa el cabello volvió a adoptar un estilo mucho más natural, las pelucas arquitectónicas desaparecieron y el cabello propio se recogía con sencillez en moños o dentro de “tocas”, una especie de pequeñas gorras de tela que cubrían la parte superior y posterior de la cabeza y se ataban bajo el mentón, pudiendo incorporar un ala que enmarcaba el óvalo en torno a la cara, con los bordes tapando las orejas. Aún hoy pueden verse en las sociedades
amish (2) algunos de los modelos más sencillos, pero la burguesía del S.XVIII y S.XIX los lucía de seda, raso y terciopelo, con complementos varios, especialmente a base de puntillas.
Los recogidos de la época, normalmente altos y crepados, solían incorporar casquetes o trenzas en forma de diadema para resaltar el óvalo de la cara. Sin embargo, ha sido en el
S.XX cuando los recogidos han supuesto un mayor derroche de imaginación y creatividad, tal vez sólo igualado por las estrafalarias pelucas del Barroco.